CARTA PASTORAL DEL OBISPO SERGIO O. BUENANUEVA

Por una nueva cultura vocacional Carta pastoral del obispo Sergio O. Buenanueva Orientaciones para el Año Vocacional Diocesano 2017 A los fieles católicos de la Diócesis de San Francisco.

Queridos hermanos:

1. Los tiempos que vivimos, con todos sus desafíos y dificultades, constituyen un estupendo regalo de Dios. Nos invitan a vivir a fondo nuestra condición de discípulos de Cristo. No por mera costumbre social, sino como respuesta personal, libre y consciente, a su llamada.

2. La fe es una forma de vida, y se transmite viviéndola. Muchos de nosotros nacimos en una familia católica que nos transmitió la fe. Comparto mi vivencia: siempre he experimentado la fe cristiana, recibida en la niñez y apropiada en la adolescencia, como una realidad luminosa y alegre, para nada pesada o rigorista. Cuando mis padres me enseñaron a rezar, me dieron lo más precioso que se puede dar a un niño: un punto sólido donde anclar el corazón. Las noches oscuras, incluso la misma experiencia del pecado, se viven de otra manera si uno ha “saboreado” la fidelidad y misericordia de Dios. En ese contexto maduró mi vocación sacerdotal.

3. Por complejos factores que aquí no analizamos, ese “ambiente católico” está transformándose. Un proceso que despierta lógica incertidumbre. Del Concilio Vaticano II a nuestros días, estamos viviendo la transformación de una figura histórica del catolicismo: muchas cosas cambian o desaparecen. Sin embargo, la Iglesia de Cristo es siempre joven con la vitalidad del Espíritu. Eso no desaparece. No temamos reconocerlo: este proceso supone una crisis que toca la fe: ¡Cristo nos está invitando a una honda purificación para que su rostro resplandezca mejor en la Iglesia! Son tiempos difíciles, pero, como decía el cardenal Pironio: “Jesús no anula los tiempos difíciles. Tampoco los hace fáciles. Simplemente los convierte en gracia”.

4. Les pasó a los discípulos después del sermón del Pan de Vida (cf. Jn 6). Entonces muchos se alejaron, escandalizados por la pretensión mesiánica del Señor: “¿También ustedes quieren irse?”, fue el desafío de Jesús (Jn 6, 67). Es cuando el Espíritu inspira a Pedro una respuesta que nos conmueve: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo Dios” (Jn 6, 68-69). Es la respuesta de la fe que, en el camino de Pedro, alcanzará un momento culminante en la Pascua: “Señor, Tú lo sabes todo; sabes que te quiero”. Escuchará entonces aquel “Sígueme”, que definirá para siempre su vida, vocación y misión apostólicas (cf. Jn 21, 15.17.19).

5. El camino espiritual y pastoral de nuestra Iglesia diocesana, con sus luces y sombras, logros y debilidades, ¿no nos está llevando precisamente a una experiencia similar? ¿No nos está interpelando Jesús como hizo entonces con sus discípulos? Si no es a Él, ¿a quién iremos? * * *

6. En este contexto, y dando un paso más en la aplicación de nuestro Plan de Pastoral, viviremos el 2017 como “Año Vocacional Diocesano”. ¿Cuál es su finalidad? Que podamos hacer la experiencia de que, por el bautismo y la confirmación, cada uno de nosotros ha recibido una llamada personal de Dios, que ha de reconocer, asumir y reavivar cada día. Y que esa vocaciónmisión es nuestra identidad personal más honda: “No tengo una vocación. Soy vocación. No tengo una misión. Soy misión”.

7. No se trata de añadir acciones nuevas a nuestra ya intensa pastoral ordinaria, sino de reconocer algo maravilloso que ya está en nuestra vida de cada día: la presencia del Señor resucitado que, ahora mismo, está pronunciando nuestro nombre y, así, iluminando la vida. Su amor primero y su gracia siempre nos preceden, acompañan y perfeccionan nuestro caminar. 1

8. Todos hemos sido llamados por el Padre a configurarnos con su Hijo Jesucristo, bajo el impulso del Espíritu Santo. Es la vocación universal a la santidad: permanecer en Cristo y vivir la plenitud de su amor al Padre y a los hermanos.

9. Esta es una experiencia muy personal. El Señor nos llama a cada uno por nuestro nombre y nos invita a darle una respuesta personal, libre y consciente. Pero es también una experiencia comunitaria: ante todo, en la familia, donde nos abrimos a la vida. El Papa Francisco nos ha invitado a tener una mirada renovada sobre el amor humano en el matrimonio y la familia. Uno de sus aspectos más hermosos es precisamente este: la familia como espacio privilegiado para madurar la propia vocación. Pero es también la misión de cada comunidad cristiana (parroquia, colegio, movimiento, asociación): ser espacio donde se favorezca el encuentro con el Señor que llama y envía. “En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común” (1 Co 12,7).

10. Cada comunidad de nuestra diócesis está llamada a acompañar el camino vocacional del bautizado. Es una meta clave de la iniciación cristiana: que cada bautizado-confirmado reconozca su vocación personal como pleno desarrollo de la vida del Espíritu que nos comunican la Palabra y los sacramentos. Y, viviéndola a pleno, enriquezca así a la comunidad eclesial.

11. Tenemos una vocación común en múltiples vocaciones particulares. Los diversos carismas, vocaciones y ministerios expresan, en su conjunto, la belleza del Rostro trinitario del Dios amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo. ¿Se puede hacer una enumeración exhaustiva de todas las vocaciones? Gracias a Dios, esto resulta imposible. Es cierto que la misma Iglesia destaca algunas llamadas especiales: el ministerio ordenado, la vida matrimonial y familiar, la vocación de los laicos, el servicio al bien común, la vida consagrada, etc. Sin embargo, la fantasía creadora del Dios amor es inagotable: nos regala la vida y la gracia bautismal y, con ellas, múltiples dones, entre los que se destaca el “carisma de los carismas”: la vocación particular de cada bautizado. La vocación propia es esa forma personal, única y original que cada uno tiene de vivir la comunión con Dios y de participar en su obra creadora y redentora.

12. Cada uno de nosotros, sobre todo en la niñez-adolescencia, ha de vivir con pasión la fascinante aventura de discernir la vocación personal. Se trata de una genuina revelación de amor que ilumina el misterio de nuestra vida: el sueño de Dios para nosotros. Esta revelación es fuente de alegría y de gran consuelo. Por el contrario, cuando no se acierta con la propia vocación, la existencia se asemeja a un rompecabezas con sus piezas desordenadas. El que encuentra su vocación halla el hilo rojo que da unidad a la historia personal y la pieza clave del mosaico de la existencia. Ilumina incluso lo que pueda haber de oscuridad en la propia vida. * * *

13. En este sentido, la Iglesia nos está invitando a tener la audacia de promover “una nueva cultura vocacional, capaz de leer con coraje la realidad, con sus luchas y resistencias, reconociendo los signos de generosidad y la belleza del corazón humano. No se cansen de repetírselo a ustedes mismos: ‘Soy una misión’, y no simplemente: ‘tengo una misión’”1 .

14. ¿Cómo podemos promover esta cultura vocacional? Ante todo, reconociendo con alegría que el Señor sigue llamando porque ama: Él es amor que llama, busca y salva. Y su amor no está en crisis. En todo caso, somos nosotros los que nos llenamos de miedos. Esto nos da una gran confianza para ayudar a otros -especialmente niños y jóvenes- a escuchar la llamada del Señor.

15. Es gracia que se comparte: los llamados, llaman. La mejor pastoral vocacional es la que se hace con el testimonio de una vida transfigurada por el encuentro con Jesús, más que con palabras o acciones. Por eso, es bueno que en este tiempo nos preguntemos: ¿cómo está mi propia experiencia vocacional? ¿Cómo es la calidad de mi encuentro con Cristo? ¿Cómo percibo al Resucitado en los encuentros con los hermanos que van tejiendo el entramado de mi vida? ¿Escucho su voz en los pobres, los que sufren, los que están tristes y desilusionados? 1 FRANCISCO, a la Oficina Nacional para la Pastoral de las Vocaciones de la Conferencia Episcopal Italiana (5 de enero 2017) 2 ¿Reconozco la parte que me toca en la edificación del bien común de la sociedad a la que pertenezco?

16. Muchos han descubierto su vocación, escuchando a sus hermanos, involucrándose con sus sufrimientos. Toda vocación cristiana es llamada a entregar la vida en el servicio a los demás. La cultura del bienestar individual va en la dirección contraria: nos cierra sobre nosotros mismos y nos sofoca. Acumulamos viajes, plata, propiedades; pero también indiferencia y tristeza. Por el contrario, una comunidad cristiana que vive con alegría la fe, que celebra la liturgia con espíritu de adoración y de alabanza; que tiene espíritu misionero y que, mortificando su comodidad, es inquieta, creativa y sale al encuentro de los alejados, de los pobres, enfermos y marginados, es una comunidad que saborea la alegría del Evangelio y, por eso mismo, engendra vocaciones.

17. Como Iglesia diocesana venimos experimentando una fuerte llamada del Señor a ser una “Iglesia en salida” que “hace lío”, porque comunica esperanza. ¿Creemos acaso que esto solo podrán hacerlo los sacerdotes? Una Iglesia misionera y servidora, ¿no supone una rica variedad de vocaciones, carismas y ministerios? No habrá renovación de la Iglesia sin que cada uno se descubra llamado a comunicar la alegría del Evangelio. * * *

18. Hasta aquí, algunas reflexiones sobre la vocación. No pretenden ser exhaustivas. Solo quería llamar la atención sobre este punto: vivimos un tiempo de grandes transformaciones, en la Iglesia y en la sociedad, con complejos y difíciles desafíos; pero también, un tiempo de gracia por la presencia de Cristo resucitado y su Espíritu. En este contexto, hemos de promover una renovada cultura vocacional, que permita experimentar esa llamada perentoria del Señor de la Vida.

19. Quisiera, ahora, ofrecerles algunas orientaciones sencillas para seguir profundizando la dimensión vocacional de nuestra vida y acción pastoral.

 a. Les propongo que, a lo largo del año, volvamos a los relatos bíblicos de vocación: Abrahám, Moisés, los profetas, María, los apóstoles. La lectura orante de la Escritura ilumina el camino de la propia vocación, pues nos enseña a leer esa palabra de Dios, tan elocuente y personal, que es nuestra propia biografía. También la biografía de santos es una preciosa ayuda: en ellos vemos el Evangelio en su máxima expresión: vida vivida con profundidad, alegría y coherencia.

 b. Cada comunidad podría revisar su historia, identificando aquellas personas (sacerdotes, laicos, consagrados) que, como testigos luminosos, han vivido con alegría la propia vocación y misión. Repasando sus vidas, los cristianos alabamos a Dios que, a través de ellos, nos ha enriquecido con la fuerza pascual del Evangelio.

 c. Como diócesis tenemos que proseguir nuestra revisión de los procesos de la iniciación cristiana, poniendo especial énfasis en la catequesis que ayuda a los bautizados a crecer en la fe. La dimensión vocacional está especialmente vinculada al sacramento de la confirmación: como Jesús en el Jordán o la Iglesia en Pentecostés, el día de nuestra confirmación recibimos el Espíritu para convertirnos en discípulos maduros del Señor. Forma parte de la gracia del sacramento del Don del Espíritu el poder reconocer y hacer propia la vocación particular.

 d. Hemos de seguir haciendo hincapié en una renovada pastoral familiar. A lo largo del año, tendremos la oportunidad de profundizar Amoris laetitia, con encuentros en cada decanato y una serie de subsidios con este fin. ¡Ojalá que este precioso documento del Papa encuentre en nosotros una recepción atenta y creativa para acompañar a los que han recibido la vocación al matrimonio y la familia! Por mi parte, quisiera insistir en la necesidad de que todas las parroquias de la diócesis hagan una opción más decidida por la catequesis familiar o formas creativas de catequesis que involucren más a las familias. La atención a las familias en situación de fragilidad ha de ser también una prioridad pastoral de nuestras parroquias, colegios y otras asociaciones. 3

 e. Seguimos dando pasos para promover las vocaciones al diaconado permanente en nuestra diócesis. No solo los Consejos diocesanos de Pastoral y Presbiteral, sino también cada comunidad cristiana habrá de sumarse a este camino de renovación eclesial. La presencia de hombres que sean signos vivos de Cristo servidor nos ha de ayudar a crecer como Iglesia servidora, en la que cada uno descubre su parte en el anuncio del Evangelio. Hemos de seguir también promoviendo las vocaciones al sacerdocio ministerial, pues son los sacerdotes los primeros misioneros que han de ofrecer a sus hermanos el don precioso de la Eucaristía, el Perdón y el amor compasivo de Jesús, el Buen Pastor. También hemos de suplicar al Señor que siga suscitando entre nosotros vocaciones a la vida consagrada en todas sus formas, antiguas y nuevas. De manera especial, les pido que recemos para que nuestra diócesis pueda enriquecerse con alguna forma de vida contemplativa.

 f. La Delegación de Pastoral vocacional, en estrecha vinculación con la Pastoral Juvenil, tiene un rol fundamental, tanto en la programación con en la animación de este Año Vocacional Diocesano. Entre las diversas actividades, hay que destacar la Jornada Mundial de oración por las Vocaciones. El próximo Sínodo convocado por el Papa apunta también en esta dirección. Tiene como tema: “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”. Como diócesis hemos de preguntarnos cómo estamos ayudando a los jóvenes a encontrarse con Jesús, pues de ese encuentro surge la orientación fundamental de la propia vida. Confío a la Virgencita, a San Francisco y al Santo Cura Brochero el camino de nuestra diócesis a lo largo del presente año 2017. ¡Qué Dios los bendiga!

+ Sergio O. Buenanueva
San Francisco, 1 de marzo de 2017
   Miércoles de Ceniza
  



Enviado el 2017-03-26 18:59:44